Son cientos de chicos haciendo lo que más les gusta. Son los que se caen, se despellejan las rodillas, se rompen la ropa, los que bufan detrás de una pelota, cualquiera sea su forma. Son los que esperan con ansiedad ese día, el que los tendrá como protagonistas dentro de una cancha. Los que se esfuerzan en cada entrenamiento y no ven la hora en que suene el silbato para que el partido comience. Los que reniegan cuando llueve demasiado y no se les permite jugar para no destrozar la cancha. Los que se hacen amigos de otros chicos, aunque vivan a kilómetros de distancia y sólo se vean seis horas a la semana. Los que luchan por ponerse ese número de camiseta que, sueñan, usarán si es que alguna vez llegan a jugar en primera. Son los que llegan de la mano de madres, padres, abuelos o tíos. Son los que tienen sueños detrás de una pelota. Los que se desviven por el fútbol, o el rugby, o el hockey, o cualquier deporte. Son los que nos permiten soñar con una sociedad mejor. Los que mientras buscan ese gol desesperados, se alejan cada vez más de los peligros que hoy reinan. Y eso no es poco.